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miércoles, enero 09, 2008

La Masacre de Patzicía según Dante Liano

Después de El hombre de Montserrat (Editorial Aldus, México, 1995) y El vuelo del Ángel (Artemis-Edinter, Guatemala, 1996), la última novela de Dante Liano, El misterio de San Andrés (Editorial Práxis, México, 1996), alude a un tabú de la conciencia nacional guatemalteca, la masacre de Patzicía.

Es este un municipio del altiplano occidental, en el departamento de Chimaltenango, el 21 de octubre de 1944, dos días después de la caída del general Federico Ponce Vaides, una multitud de indígenas enardecidos se sublevó matando a unos veinte ladinos en aparente apoyo al depuesto dictador. Hechos análogos, aunque de gravedad menor, acontecieron en el vecino pueblo de San Andrés Itzapa.

La junta revolucionaria no tardó en actuar y, según investigaciones recientes, los soldados despachados desde la capital masacraron a por lo menos novecientas personas entre hombres, mujeres y niños.

De entrada hay que decir que el autor no se propone sondear aquella página oscura de la historia guatemalteca. La novela es, más bien, una metáfora o un llamado de atención.

A partir de las vidas paralelas de los dos protagonistas, el ladino Roberto Cosenza y el indígena Benito Xocop, el lector es llevado a reflexionar sobre el espinoso tema de las relaciones interétnicas. Tras un profundo trabajo de investigación lingüística y sin renunciar a su reconocido talento en el manejo de la ironía y del erotismo, Liano nos entrega una novela de arquitectura compleja que marca desde ya un hito en la literatura contemporánea del país.

En una fría noche de invierno y frente a una botella de tequila, encuentro a Dante en su casa de Milán, Italia. Hablamos de Guatemala, de su obra, de los amigos comunes y de tiempos lejanos.

¿Por qué un libro tan terrible en vísperas de la firma de la paz?

La idea es muy anterior a la cuestión de la paz y su motivación no es ideológica. A mí me venía persiguiendo la idea de escribir la historia de don Benito. Concebí al personaje hace muchos años, una vez que llegaron aquí a Italia un cura indígena y una catequista para hacer trabajo de solidaridad.

Los dos me impresionaron mucho, incluso físicamente, y escribí dos cuentos, Don Benito ve al Papa y Don Benito guía al pueblo en la montaña.

En el primero intento imaginarme como podía haber sido para un indígena ver al Papa y en el segundo describo las peripecias de los refugiados de guerra. El personaje ladino tiene otra motivación y es que mi papá siempre ha sido un tesoro de anécdotas. También tenía recuerdos personales. Mi bisabuelo materno fue un mártir de la revolución, pero no lo mató el gobierno, lo mataron unos indígenas poncistas en el pueblo de San Andrés Itzapa. Su muerte es el fruto de este gran equívoco por el cual el progreso era representado por la revolución, pero el progreso no les importaba a los indios. A ellos les importaban sus tierras.

Yo nunca supe con certeza lo que pasó con mi bisabuelo, sin embargo, allí quedaba el hecho.

¿No es también una reflexión sobre el presente?

Sin duda la novela es también una alegoría sobre las masacres de indígenas que ha habido en el país. Puesto que iba a ser muy difícil escribir sobre el genocidio que hubo en Guatemala en los últimos años -son hechos recientes y el riesgo es de hacer algo muy sentimental- la única solución era irse para atrás. Yo tenía material acerca del Auto de Mano de Fray Diego de Landa y había pensado trabajar esto, aunque se tratara de Yucatán.

Al final, se me impuso el personaje de don Benito. De cualquier modo, la manera que tengo de explorar las cosas no es lógica sino anecdótica y cuando escribí la novela no me propuse estos temas. Tenía una imagen y la fui desarrollando.

¿No sabías a dónde ibas a llegar?

La novela fue algo así como un aprendizaje para mí. Tenía la información histórica y antropológica sobre los indios de Guatemala, pero nunca me había puesto a imaginar como es su vida.

La tesis con que simpatizaba era la del mestizaje, del encuentro. Mientras escribía me daba cuenta que los indios tienen razón cuando dicen que ya no aguantan al ladino. Al mismo tiempo, quería hablar de algo que conocía. Yo pasé la infancia en Chimaltenango y recuerdo que se hablaba de los hechos de Patzicía. Lo que me quedó al recordar la experiencia de ser ladino en un pueblo indígena es que no hay encuentro.

Creo que para lograr el encuentro tiene que haber una ruptura, un gran cambio.

A lo largo de la novela, me parece que te identificas mucho con el personaje ladino Roberto Cosenza?

Escribir es recordar. Toda novela es, en primer lugar, una gran operación personal. En el personaje de Roberto se mezclan mis recuerdos y los de mi papá. Sin embargo, también el personaje indígena Benito Xocop nace de mis propias experiencias.

Cuando me fui de Guatemala, me di cuenta qué significa ser extranjero en algún lugar. Y hay otra cosa. Al guatemalteco le parece normal que los indios sean sirvientes, choferes, subordinados. Sin embargo, al salir, uno se da cuenta de que todo lo que allí es natural y espontáneo, no es ni natural, ni espontáneo. Y se pone el problema de la identidad. Estando afuera uno trata de definir su identidad. Es decir: quién soy yo como guatemalteco, buscando la manera de contestar a esta pregunta, es como salió esta historia.

El titulo hace pensar en una novela policiaca

No, el "misterio" del título alude a un misterio religioso. En la literatura española medieval existen los "autos" y los "misterios": son composiciones dramáticas que desarrollan pasos bíblicos, en especial acerca de la vida, pasión y muerte de Jesucristo.

Esta novela es una representación dolorosa de la situación de Guatemala. Es cierto que tengo un modo de escribir mediado de las novelas policiacas que devoro desde muy joven. Cada final de sección llama a la siguiente.

Para la reconstrucción de los hechos, ¿hiciste alguna investigación hemerográfica?

Casi no existe información periodística acerca de la masacre de Patzicía. El diario El Imparcial escribió una nota, 16 días después, cuando una sobreviviente llegó a contarles. Mi reconstrucción no es histórica, es inventada. Después de leer la novela, mi papá me dijo que la realidad fue más terrible de como yo la pongo. Hubo ladinos que metían el cañón de la ametralladora entre las rejas de la prisión y disparaban a ciegas.

Llevas dieciseis años en Italia, sin embargo tus novelas expresan de manera muy profunda tu identidad. ¿Cómo has logrado mantener un léxico tan chapín?

He tenido que defender mi idioma. La única forma era hurgar en mis raíces profundas. En esta operación que es muy personal, de repente van cayendo palabras raras, palabras añejas. No lo busco intencionalmente. Es parte del proceso de escritura. A pesar de esto, creo que sí hay algunas contaminaciones del italiano. Cuando el italiano me sirve y me parece más eficaz que el español no tengo el menor problema en meterlo.

Además de novelista eres crítico literario. ¿Cómo clasificarías tu trabajo?

El ciclo iniciado con Miguel Angel Asturias, gongorino y barroco, al que pertenece también Luis Cardoza y Aragónse cierra con Marco Antonio Flores y los escritores que tienen mi edad, en donde hay grandes malabaristas del lenguaje. Había que encontrar un registro nuevo. Yo me propuse no tratar al indígena como personaje exótico o maravilloso, sino que fuera normal, que tuviera odios, sentimientos, amores, deseos. Lo que busco es ser auténtico y contar. Creo que en Guatemala todavía hay muchas cosas que contar. (Entrevista realizada en enero de 1997).

(1) Piero Gleijeses, Shattered hope. The guatemalan revolution and the United States,
1944-1954, Princeton University Press, 1991, pag. 31. En Ethnic images and strategies,
estudio incluido en el libro colectivo editado por Carol A. Smith The guatemalan
indians and the State, 1540-1988, University of Texas Press, 1990, Richard Adams da la
fecha del 21 de octubre como día de la sublevación.

Claudio Albertani - Periodista italiano
(Tomado de http://veneno.com/1997/v-1/calu-01.html)


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