PROMO66 LICEO GUATEMALA

lunes, septiembre 15, 2008

LIBERALISMO

Adam Smith

Cuando en 1776 Adam Smith decidió publicar un libro que investigara la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones pocos estarían de acuerdo en que no había elegido el tema adecuado. Y sin embargo, más de dos siglos después, y después también de muchas otras investigaciones en el mismo sentido, lo que sigue siendo un verdadero misterio es el hecho contrario, es decir, el origen y causas de la pobreza, una pobreza desde entonces siempre creciente en número e intensidad.

Puede que este último planteamiento pueda sorprender a muchos, en la medida en que, tal vez, no resulte demasiado complejo adivinar al menos quiénes son los causantes de la pobreza –mucho más ahora que muchos de ellos tienen la gentileza de reunirse pública y periódicamente en las ciudades más importantes del planeta- ni tampoco identificar a grandes y pequeños rasgos qué políticas producen dicha plaga, pero hay que resaltar que nada de todo ello nos da razón de las causas últimas, del porqué, de la pobreza.

Y a pesar de que una reflexión realmente interesante sobre la pobreza no debiera centrarse tan solo en esa privación material objetiva que crecientemente se ha ido convirtiendo en el rasgo más característico del género humano –con pocas pero exageradísimas excepciones-, es tal su emergencia y su expectativa que dejaremos de momento para otra discusión cuestiones tan relevantes como el hecho de que la pobreza haya pasado a convertirse en un rasgo social independiente de la materialidad.

En efecto, la humanidad en su conjunto es cada vez más pobre y lo es desde luego mucho más de lo que lo ha sido nunca antes en la historia, pero la consideración de la pobreza debiera permitirnos incluso bascular el concepto de la necesidad más allá de la privación objetiva. Como Arendt describió muy gráficamente, la colocación de la necesidad de un consumo ilimitado –ese “espejismo en el desierto de la miseria” que la hace incompatible con la libertad- en el centro de la vida social no necesita de la privación:

“In this sense, affluence and wretchedness are only two sides of the same coin; the bonds of necesity need not to be of iron, they can be made of silk”

del mismo modo en que los niveles de encarcelamiento masivo de los EEUU en la actualidad se corresponden con la cantidad de gente que vive encerrada en urbanizaciones cerradas a cal y canto, rodeados de agentes y medidas de seguridad en poco diferentes a si estuvieran realmente encerrados. La pobreza tiene que ver con la ligazón entre un poseer sólo activo económicamente y la subjetividad por ello oscurecida, lo que muy correctamente se ha llamado el “prejuicio economicista”.

Pero en cualquier caso, la cuestión objetiva de la pobreza en que se encuentra sumido el género humano rebasa otras consideraciones más profundas sobre sociología, antropología o incluso ecológicas, rebasando aún las de justicia y dejando a la política en la expectativa de su lugar en el ámbito de las causas y de las consecuencias. Y no se trata de un problema tan sencillo como parece intuirse. Es verdad que se pueden hacer convincentes hipótesis acerca de la maldad y el egoísmo humanos, pero no parece demasiado plausible que sentimientos tan numerosos pero también tan individuales sean capaces de producir una plaga tan general y pertinaz.

Porque si obviamos la maldad como un sentimiento demasiado intencional como para tener repercusiones tan generales, hemos de descartar el egoísmo en la medida en que no parece que la pobreza –al menos en las dimensiones que lleva ya siglos alcanzando- sea beneficiosa para el torpe egoísmo individual.

En nuestra opinión, la única manera de ligar la pobreza con la maldad y el egoísmo individual, y a partir de ahí, ambos con la política, sería remitirse a la que tal vez sea la más humana de las causas: a la necedad. Con la necedad en juego, una necedad siempre activa y particularmente proporcional a la soberbia de sus teorías, resulta al menos enunciable el problema de la pobreza.

Pero decir que la necedad o la ignorancia han de dar razón en último término de que la humanidad pueda poner los pies en la Luna o en Marte, pero no sea capaz de algo tan sencillo como acabar no ya con la pobreza sino con el hambre en ninguna de sus sociedades (algo que para los pueblos llamados –con necio etnocentrismo- “primitivos” nunca resultó un gran problema hasta la llegada de “la civilización”) resulta en último término demasiado simple y demasiado frívolo. Ha de tratarse de una ignorancia particularmente organizada, argumentada, jerarquizada y, sobre todo, sacralizada.

Desentrañar esta locura es un trabajo seguramente imposible y que desde luego desborda nuestra intención de apuntar siquiera unas pocas ideas. En realidad, pocas cosas son más difíciles de perseguir que los íntimos vericuetos de la estupidez, tanto más cuando hace ya tanto tiempo que ha curtido sus pieles públicas de emperador desnudo.

Pero lo cierto es que en la historia, no ya de la economía o la política, sino de la cultura, la pobreza ha resultado un elemento de segundo orden. Y eso que la pobreza, tal cual es definida por Arendt, resulta un elemento de la máxima destructividad tanto moral como social y política.

Es verdad que ya nos hemos referido a grandes pensadores cuyo trabajo ha permitido rehacer políticamente un problema de la pobreza, pero no parece que el resultado haya podido a la postre vencer a una percepción más sencilla e intuitiva: la pobreza es un resultado inesperado de la buena intención, tan inesperado y con tanta buena intención que no resulta ni siquiera sarcástico volver a oír repetir que no es suficiente como para desmontar los esquemas en los que se produjo.

Y sin embargo ésta es, con pocos matices y mucha más fuerza, la postura vigente por la inmensa mayoría de las élites políticas en los últimos tres siglos, y no parece que tenga que dejar de serlo por el sólo hecho de que la pobreza se haya convertido definitivamente en el rasgo más característico de la especie humana y el principal referente de la llamada segunda globalización.

Dr. Pablo Manuel Fernández Alarcón

Texto completo: http://www.ucm.es/BUCM/tesis/fsl/ucm-t26660.pdf

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GLOSARIO:

El liberalismo es un sistema filosófico, económico y de acción política, que promueve las libertades civiles y el máximo límite al poder coactivo de los gobiernos sobre las personas; se opone a cualquier forma de despotismo y es la doctrina en la que se fundamentan el gobierno representativo y la democracia parlamentaria.

Aboga principalmente por:

  • El desarrollo de las libertades individuales y, a partir de ésta, el progreso de la sociedad.
  • El establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todas las personas, incluyendo aquellas que formen parte del Gobierno, están sometidas al mismo marco mínimo de leyes.

El liberalismo social defiende la no intromisión del Estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales no-mercantiles, admitiendo grandes cotas de libertad de expresión y religiosa, los diferentes tipos de relaciones sociales consentidas, morales, etc. Sin embargo, considera valores más allá de la propia voluntad, como los valores religiosos o tradicionales.

El liberalismo económico defiende la no intromisión del Estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos (reduciendo los impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, etc.), sin dejar de lado la protección a «débiles» (subsidios de desempleo, pensiones públicas, beneficencia pública) o «fuertes» (aranceles, subsidios a la producción, etc.).

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