PROMO66 LICEO GUATEMALA

viernes, agosto 09, 2013

LA CANTINA “EL TORNILLO”


DEL LIBRO “PORAI POR LA PARROQUIA”



























  




Escrita por
José Humberto Hernández Cobos (+)
Entre los años 1962-1964

Digitalización y cometarios de:
Manuel Humberto Hernández Valenzuela
Herval1942@gmail.com



Guatemala, 14 de septiembre de 2011


JUAN Alfredo, el solitario del Pasaje Rubio, está resfriado, y así me recibe en su elegante apartamiento, embatado y embufandado.  Su terapéutica es sencilla: leche caliente, con una copita de cognac.  Al calor de este remedio, me cuenta las absurdas, pero históricas charadas de siempre.  Esta vez, el tema es la “Cantina El Tornillo”.  Cedo la palabra al solitario:

-Sabrás, Euforio, que es una taberna, en cuanto se expenden licores; pero sus funciones abarcan más.  Resalta el carácter de tienda de ropavejero, siendo allí donde mueren los textiles de los que están urgidos de sus quitagomas.  Aceptase en compraventa  o permuta, cufas, cinchos y camisas.  Un letrero en inglés, dice pintorescamente: “crabats not”.  El único guaje que no acepta transacción es precisamente una corbata.  El Chancle no las adquiría ahí; y el chamarrín no las usa.  El capital invertido en corbatas es el único que no se recupera jamás……  Todo lo demás topa transacciones.

Pero “El Tornillo” se diferencia de montepíos y demás cuevas fenicias de los gafos, en que el cliente está directa o indirectamente vinculado al guaipe.  Ahí se negocia para chupar, no para  comer.

El solitario sorbe otra copita, ya sin leche,  y prosigue:

-He aquí la radiografía de una permuta de “envases” como se llama en caló estudiantil a los trajes.  Pon atención, porque  se despliega, como la estafa continuada, en varios días.

-El Primer día, comparece el cliente vistiendo su tacuche de casimir, se muestra como un maniquí ambulante, dando vueltas ante el mostrador, para que el propietario tome nota de la hechura, estilo y topografía en general del traje que porta.  Levanta el faldón mostrando el trasero, para que el dueño de “El Tornillo” constate que el pantalón no tiene cachirulos, es fama que no se topan trajes con agujeros que pidan vulcanización.  Una vez que el examen óptico ha terminado, el propietario de la cantina anuncia: “Le daremos un traje de Casimir de Amatitlán y dos botellas de clan”.

Aunque el cliente protesta y regatea, no hay manera de mejorar la propuesta.  La goma arrecia, y ante ésta no hay ya vacilación.   Entra el cliente a la trastienda, y cambia, como Beto Martínez en escena, de vestuario.

Al día siguiente comparece el tipo del casimir amatitlaneco, con más ojeras y con más goma.  Ahora su hablar es más nervioso y un temblor leve sacude sus manos en incipiente parkinsonismo.  Se ladea lento, gira como una modelo de Christian Dior, mostrando que el traje no ha sufrido con el kilometraje ningún perjuicio.  El propietario anuncia:

-Le daremos un traje de gabardina mexicana, desvaída pero entera, y una botella de espigado.
-Al día siguiente- prosigue el solitario- llega el sujeto forrado en textil azteca, con más temblor, más goma y casi sin habla.  Muestra la indumentaria, y espera con ojos suplicantes la propuesta.

“Le daremos un pantalón de lona azul y una chumpita de dril y media botella de raspador”, y el cliente topa… ¿para dónde agarra?

Así sigue la transformación a pantalón de manta, que acompaña a la camiseta, porque la camisa ya se evaporó.  Y en este status se opera la última transacción: -“Ahora, amigo –dice el dueño de la cantina- se queda a dormir en el corredor, y mañana sale con su short de manta”.

Esa noche le dan su bote de charamila.   Y al amanecer, sale el cliente, descalzo y sólo con short, corriendo como un maratonista, entrenándose para la Maratón de Boston, cual Mateo Flores gloria de Guatemala

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