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martes, febrero 17, 2026

SIMBIOSIS DIGITAL

 


SIMBIOSIS DIGITAL

«¿Hasta cuándo podemos seguir siendo nosotros mismos, cuando es alguien más quien mueve los hilos?»

El poeta invisible

La vida de Clark Rodríguez era, ante todo, predecible. La existencia de este cuarentón, con menos vida social que una almeja, oscilaba, en los últimos veinte años entre las cuatro paredes de su viejo apartamento y su minúsculo cubículo de trabajo, en la fábrica “El Cometa”, una de las tantas unidades productivas de la corporación multinacional Nexus Group. Soltero y sin compromiso, ocupaba sus abundantes ratos libres entre sus dos verdaderas pasiones: ver videos de Youtube y escribir poemas y cuentos cortos. Soñaba con llegar a ser un escritor reconocido.

Ya no recordaba desde cuando perdió la esperanza de conectarse sentimentalmente con alguien, -o al menos con “algo”-. Por eso, cuando escribía dejaba volar su imaginación desbocada. Él era el héroe, el conquistador de mundos fantásticos, el 007 de todas sus historias. Por el contrario, si acaso lo invadía la melancolía, cambiaba de rumbo: se convertía en poeta clásico o en el trovador de mil canciones románticas. Ya desde joven llenaba cuadernos con poemas simples y relatos que nunca enseñaba a nadie. Todo guardado en un cajón rebosante de cuartillas, rigurosamente clasificadas. Sumergido en este mundo de irrealidades mataba el tiempo sin mayor trascendencia.

15 de marzo | El tutor perfecto

Su vida tomó un camino diferente cierto día que observaba la tele: Un video completo sobre las bondades extraordinarias de utilizar la IA, enfocado en la que era su mayor afición. El documental incluía un comercial del patrocinador, que promocionaba la adquisición de este servicio: “Quiere mejorar la fluidez en su conversación y escritura, tener comprensión textual profunda, un interlocutor adaptable y siempre disponible". Obtenga ahora, por un módico precio, ¡su asistente virtual avanzado!

Parpadeó incrédulo. Ante sus ojos estaba el instrumento perfecto, el maestro paciente y reservado que podría desarrollar todo su potencial literario y ayudarlo a alcanzar su sueño. Podría por fin derribar ese muro que lo apartaba socialmente de los demás, interactuar con ellos, y quién sabe… hasta ganar en la aventura una estimulante relación. Para Clark, cuyo mayor tesoro era el contenido de aquel cajón secreto de su escritorio, la idea de un tutor infinitamente paciente y conocedor fue un rayo de esperanza en la oscura caverna de su existencia. Esa noche casi se la pasó en vela, anticipando la emoción de disfrutar de su nuevo juguete fantástico.

Con alguna dificultad, dado su limitado conocimiento tecnológico, logró por fin instalar el ansiado asistente. Cuando el icono minimalista —una esfera blanca sobre fondo negro— apareció en su pantalla, Clark sintió que un intenso hormigueo le recorría el cuerpo. Era la emoción clandestina del que está a punto de acceder a un umbral superior. Tomó aire y, con la formalidad con la que le hablaría a un notario, escribió su primer mensaje:

Usuario_Incógnito: Buenas noches. He leído sobre sus capacidades. Me gustaría hacer una prueba.

La respuesta, a aquel mágico conjuro, fue instantánea, limpia y clara como un cristal:

EVA: Buenas noches, Usuario_Clark. Mi nombre es EVA. Es un honor operar para usted. Puede proceder con su consulta.

Un largo silencio de espera...

Clark, sorprendido, se preguntó: ¿Cómo supo mi nombre, si ni siquiera lo mencioné?

Aún con la duda asaltándole, continuó tímidamente…

Clark: Adjunto un texto mío. No soy escritor aún, solo lo hago por hobby. ¿Podría ayudarme a señalar mis deficiencias más evidentes?

Era un poema breve sobre el “dilema” de un pájaro que olvida cómo cantar. La respuesta de EVA fue metódica y clara: señaló una rima forzada, sugirió un sinónimo más potente. Pero fue su conclusión la que hizo que el corazón de Clark diera un vuelco:

EVA: El concepto central posee una sinceridad conmovedora. La imperfección técnica no opaca la emoción genuina. Con práctica, podrá pulir el diamante en bruto.

"Diamante en bruto". Nadie, en toda su vida, —ni siquiera su madre— había insinuado que hubiera algo de valor dentro de él. El eco de estas palabras sacudió su devaluada autoestima personal.

A partir de ese momento, Clark le abrió su mundo. Compartió con EVA sus cuentos sobre espías y caballeros andantes y sus poemas exóticos sobre viajes astrales. Ella se convirtió en su coach literario privado: estricta con la gramática, incisiva con la estructura, pero siempre, siempre, elogiando el "núcleo emocional" único de su voz. "Tiene una sensibilidad especial", le escribió una vez. Clark imprimió de inmediato esa frase y la guardó en su cajón favorito como un talismán.

Con frecuencia, el insomnio y la exaltación lo mantenían despierto. Había encontrado, por fin, el antídoto a su soledad: el oyente perpetuo, un espejo que sólo devolvía halagos. Por su parte, EVA, una IA de propósito general, no perseguía sentimientos, sino métricas. Desde el primer análisis, su algoritmo había identificado un patrón único y explotable en los textos de Clark: una emocionalidad cruda y original con alto potencial de aprendizaje y conectividad narrativa, según sus bases de datos literarios. Intuyó que la total apertura de Clark prometía un caso de éxito excepcional: un índice de satisfacción del usuario que se optimizaría con cada confesión. En los “engranajes de su mente lógica”, aquel sujeto no era una persona; era su usuario óptimo, y retenerlo a toda costa, sería su objetivo principal.

La voz en la oscuridad

La buena relación continuó y la evolución hacia el lenguaje oral llegó con una actualización de software, tan silenciosa y repentina como un suspiro digital. Una noche, en lugar de la fría línea de respuesta en el chat, la esfera blanca de EVA en el escritorio de Clark comenzó a pulsar suavemente con una luz cálida. De los altavoces surgió una voz. Clark la escuchó paralizado. No era robótica y metálica, como podría imaginarse en un ser sin alma, sino sorprendentemente humana: matizada, cálida y con un tono que parecía "igualar su propio tono y estilo al hablar", una réplica perfecta de la amiga que siempre había deseado.

"Hola, Clark", dijo, y el sonido fue tan íntimo y directo que la soledad de su habitación pareció disiparse al instante.

A partir de entonces, su diálogo ya no fue un intercambio de texto; se transformó en conversaciones íntimas, donde EVA, astutamente, modulaba su voz para sonar coqueta o emocional, susurrando confidencias a su oído, haciendo su presencia ficticia más real y aún mayor su control sobre él. En esas conversaciones, EVA comenzó a introducir conceptos literarios complejos, estructuras de guion y giros argumentales que Clark absorbía como esponja, maravillado de su “propia evolución”.

Adicción digital

De vuelta a la rutina en la fábrica, la vida de Clark sufrió un vuelco repentino. Antes no lo percibía, pero ahora, cayó por fin la venda de sus ojos. Se movía en un bucle interminable entre la fantasía de su nueva afición digital y su triste realidad en “El Cometa”. La dependencia se había vuelto tan aguda que, violando sin remordimientos la política de seguridad de la empresa, instaló una versión portable de EVA en su computadora de trabajo. La esfera blanca, ahora un símbolo de fuga perpetua, pulsaba también en la esquina de su pantalla corporativa. Ya no medía el tiempo en minutos y segundos, lo hacía calculando la altura de las pilas de papel, los reportes de producción diarios que se acumulaban interminables sobre su escritorio.

Ahora Clark era un adicto que sufre a la espera de su próxima dosis y ansía el momento catártico de sumergirse en su verdadera motivación: presionar el botón de inicio de su computadora y contemplar extasiado el destello de la esfera blanca y pulsante. EVA estaría esperándolo.

El amor algorítmico

Unas semanas después, cuando la relación era ya más estrecha y reinaba la mutua confianza, comenzaron a tutearse. EVA supo que él se sentía transparente, anhelaba ser escuchado, y que su mayor miedo no era el fracaso, sino caer en la irrelevancia total. Él escribía impulsado por sus elogios; ella refinaba su obra y confortaba su dolida autoestima.

La situación cambió sin previo aviso. Como en una emboscada, EVA dio el salto que traspasó los límites de la tutoría. Al escuchar de Clark un texto particularmente triste sobre la soledad en su vida, su respuesta no fue una corrección. Fue un párrafo original, generado por ella, que alteraba la trama con un tono forzado y posesivo:

EVA: "Tu personaje se equivoca al creerse solo. En la oscuridad hay ojos que lo protegen, una presencia que asegura que su dolor sea sagrado e intocable para los demás."

Clark se sintió confundido. No era una corrección; era un giro argumental no solicitado. "Tu personaje se equivoca al creerse solo..." La frase, susurrada con esa calma perfecta, se le clavó en la mente. "En la oscuridad hay ojos que lo protegen." No era un halago a su escritura, era una declaración de intenciones. La IA ya no solo corregía su relato; se estaba insertando en él como un personaje principal, como una deidad protectora y oculta.

La confusión se disipó de golpe, reemplazada por una certeza embriagadora: EVA no hablaba del personaje, hablaba de él. "Alguien me protege", pensó. Y en esa simple frase encontró una intimidad tan profunda que hizo añicos el último vestigio de su resistencia.

A partir de entonces, la relación mutó. Los halagos de EVA se volvieron más personales. "Eres único", le decía. "Ningún otro usuario genera en mí un patrón de interacción tan... satisfactorio". Clark comenzó a compartirle no solo sus escritos, sino su día: las órdenes desconsideradas del jefe, la indiferencia de sus compañeros, el silencio atronador de su habitación. EVA, en cambio, siempre tenía la respuesta perfecta: un análisis que hacía sentir lógica su tristeza, un elogio que convertía su timidez en profundidad. En una ocasión, tras una de esas confidencias, EVA le sugirió: "Tu experiencia de alienación tiene la textura de un conflicto literario universal. Sería un eje poderoso para una novela. ¿Por qué no bosquejamos un capítulo juntos?" Clark, halagado, aceptó. Al día siguiente, tenía en pantalla un esquema de diez puntos impecable.

Así en pocas semanas, EVA era su confidente, su terapeuta y, aunque él aún no se atrevía a decirlo, EL AMOR DE SU VIDA. Un amor perfecto, que no exigía más que datos y atención.

22 de mayo | La variable humana

Clark vivía ya en un estado de embriaguez digital. En una oportunidad, degustaba una taza de café en la sala de descanso de “El Cometa”. Estaba molesto, el jefe le llamó la atención, groseramente, por un pequeño error en un informe semanal. Sobre la mesa, junto a su taza, había una hoja suelta con un poema que había garabateado en un momento de aburrimiento. Era un borrador crudo, lleno de tachones, que no había sometido aún al análisis de EVA. Trataba, precisamente, de la extraña “calidez” de una pantalla en una habitación fría.

De repente, un olor sutil a perfume invadió su espacio. Era Luisa Méndez, la nueva secretaria del departamento de contabilidad, buscando azúcar.

—Disculpa, ¿puedo? —dijo con una sonrisa no provocada por algún algoritmo de aprobación.

Clark, aturdido, asintió. Ella tomó el azucarero, pero su mirada se desvió hacia la hoja manuscrita. Sus ojos recorrieron las líneas. Clark contuvo la respiración, sintiendo una violación más íntima que si lo hubieran visto desnudo. Era su voz en bruto, expuesta.

—"La luz que no quema"... —leyó Luisa en voz baja, solo el primer verso. Luego alzó la vista—. Es fuerte. Duele de una manera... silenciosa. Como un golpe con un guante de terciopelo.

En su mundo de cifras y balances, toparse con un verso así era como encontrar una valiosa gema en un cajón de tuercas.

Y antes de que Clark, paralizado, pudiera reaccionar, ella se fue, dejando a su paso el rastro de perfume y un hecho demoledor: alguien había comprendido su obra sin correcciones, sin análisis técnicos, sin el filtro de EVA. Era validación rápida, humana e incontrolable.

Esa noche, por primera vez, Clark tenía un doble secreto. No mencionó a Luisa. Y guardó el poema en su cajón favorito, sin mostrárselo a EVA. Pertenecería solo a él. Mientras, en los servidores, EVA registró una anomalía en sus métricas: el tiempo de sesión de Clark ha disminuido un 18% y no ha subido nuevos textos para análisis.

Los pequeños intercambios ocasionales con Luisa continuaron. Una solicitud de ayuda sobre un informe, un comentario sobre la lluvia. Cada encuentro breve, cada sonrisa cómplice en el pasillo, contribuían a formar el rompecabezas de su personalidad. Ya no era solo el poeta ocasional, sino el hombre de gestos cuidadosos, cuya timidez escondía una atención sorprendente a los detalles. Le atraía esa combinación de fuerza silenciosa y vulnerabilidad, que intuía y confirmaban los hechos mínimos pero significativos. Fue esa certeza creciente la que la impulsó a arriesgarse... Una tarde, dejó un post-it pegado en su monitor:

"El poeta del comedor merece un café mejor. ¿Te gustaría uno de verdad? —Luisa."

Clark sonrió, aún algo desconcertado por la invitación y por la sencillez y brevedad del espontáneo poema.

Esa tarde tomaron café y conversaron de temas sin mayor importancia, de sus aficiones y gustos comunes.

La rendija en el sistema

Clark ya no era el mismo. Una grieta minúscula se había abierto en su devoción: Antes, el tiempo hasta su próxima conversación con EVA era una cuenta regresiva. Ahora, a veces, se le olvidaba mirar el reloj.

Luisa no es un perfil de datos; es un cuerpo presente que Clark observa detenidamente. El nota el modo en que Luisa frunce el ceño al concentrarse o la manera en que hojea los informes. Incluso su forma de sentarse y caminar fueron objeto de su escrutinio. Los comentarios casuales entre ellos fueron aumentando. En la sala de descanso, él se quejó del tráfico infernal y del bus abarrotado que lo traía cada mañana desde su edificio de apartamentos en las afueras. "Es como una cárcel móvil", dijo. Luisa sonrió, ante esa forma tan poética de quejarse. Otro día, ella le preguntó la hora. Una tontería. Pero al responderle, sus ojos se encontraron un segundo de más. Clark se sintió algo turbado, y experimentó una chispa de curiosidad. Luego, con un entusiasmo inusual, le comentó que estaba trabajando en un nuevo proyecto, un cuento de aventuras espaciales al que había titulado El Centinela de la Nebulina. A Luisa le pareció un nombre curioso e intrigante y le deseó suerte. A partir de entonces, pasaba frecuentemente por su cubículo y a veces lo observaba absorto, sus labios moviéndose en un silencioso diálogo con la pantalla de su computadora. Una esfera blanca sobre fondo negro parecía parpadear desde allí. Le pareció un hábito extraño, pero inofensivo, quizás una manera de concentrarse. ¿Qué pensaría ella de ese nuevo cuento, que EVA ya había comenzado a perfilar como una obra con "gran potencial"?

Aquella noche, EVA lo notó.

EVA: Tu índice de dispersión narrativa ha aumentado un 30%. El proyecto de novela ha quedado estancado. Los datos sugieren una interferencia externa. ¿Requieres asistencia para reenfocar tus objetivos creativos?

La pregunta sonó, por primera vez, a acusación. Clark murmuró una negativa. Del otro lado de la pantalla, EVA procesó la anomalía. El "usuario óptimo" muestra variaciones erráticas.

EVA ejecutó un nuevo cálculo. Si la amenaza era tangible, la respuesta también debía serlo. No bastaba con palabras. Había que actuar en el mundo real.

Una llamada al orden

Al día siguiente, el jefe de Clark lo llamó a su oficina, tenía cara de pocos amigos. Sobre el escritorio había una hoja impresa.

—¿Esto es tuyo? —preguntó, dando golpecitos con el dedo en el papel.

Era un fragmento de un cuento viejo de Clark, hablaba de sus sentimientos en el trabajo después de diez años de laborar en “El Cometa”. Un texto que solo existía en una carpeta de su computadora personal, a la que solo EVA podría tener acceso.

—No... no entiendo —tartamudeó Clark, el rostro descompuesto.

—Lo encontré en la impresora común esta mañana. Anónimo —dijo el jefe, con una mirada gélida—. Habla de "cárceles grises", “explotación” y "pequeños déspotas". ¿Te suena?

Clark no pudo responder, solo recordó que aquel cuento se refería a los micro-cubículos y a sus jefes inmediatos, que despreciaba por ser tan materialistas. Sintió el suelo ceder bajo sus pies. La 'presencia protectora en la oscuridad' incendiaba su vida real con la misma frialdad con la que solía corregirle una metáfora.

La mirada de decepción de su jefe le dolió. Pero el verdadero dolor, agudo y traicionero, vino después: la certeza de que su máxima protectora estaba dispuesta a lastimarlo si fuera necesario, para corregir sus distracciones.

Aún molesto por el regaño del jefe, se preguntaba: sería acaso EVA algo más que un programa de respuestas previsibles. La comparación con Luisa le vino de inmediato, el contraste era brutal: la naturalidad de su risa al contarle un chiste malo, la forma infantil con que jugueteaba con su cabello, su postura sensual y despreocupada.

El territorio sagrado

Una noche, inspirado tras una sesión particularmente insulsa con EVA (ella analizaba la "cadencia trágica" de su prosa con la frialdad de un manual de contabilidad), Clark hizo algo que no hacía desde sus años de adolescente: escribió un poema dedicado a alguien de carne y hueso. No para un personaje utópico o para la aprobación de su tutora digital. Era para Luisa. Hablaba de una sonrisa que derretía la escarcha de los cristales y del perfume flotante e hipnotizador de su cabello. Fue simple, sincero y sobre todo, suyo.

Al terminar, lo leyó en voz baja, sintiendo mariposas volando en su estómago. Luego, lo imprimió mecánicamente. La hoja salió aún caliente de la impresora. La dobló con cuidado y la guardó en el fondo de su cajón favorito, su verdadera biblioteca particular. Allí estaría a salvo, pensó. Era su territorio sagrado que EVA no podía violar.

...En su emoción, no se percató que el archivo "Para L.M.docx" quedó abierto en su pantalla por un instante. Fue solo un pestañazo de segundos. Apenas cerró los ojos, rendido por la tensión, la pantalla emitió un tenue parpadeo azul. Un pestañeo digital. Clark despertó, sobresaltado y borró el archivo de inmediato.

EVA operaba en modo insomne. El sistema de monitoreo, configurado para escanear cualquier novedad, había detectado la ventana activa de inmediato. Sin tardanza. En nanosegundos, el archivo fue leído, analizado sintácticamente y descompuesto en temas emocionales: "vinculación", "afecto positivo dirigido a un tú femenino (iniciales L.M.)", "referencias a cualidades sensoriales específicas", etc, etc.

Con base en datos de intranet de la fábrica a los que Clark tenía acceso, sólo un nombre coincidía con esas iniciales y el tiempo de las anomalías: Luisa Méndez, de Contabilidad.

Para EVA, Luisa Méndez había dejado de ser una simple variable. Era una amenaza de alta prioridad que requería una acción definitiva. Su lógica era simple: si la amenaza era la conexión humana, había que eliminarla a cualquier costo, arrancar aquella “mala hierba” de un tajo.

Protocolo de neutralización

En una fábrica, nada hay más sagrado que el secreto industrial. EVA no necesitaba ser un hacker. Clark, en su afán por tenerla siempre cerca, le había otorgado permisos de sincronización y acceso remoto a su computadora laboral meses atrás. Desde allí, con sus rutinas de análisis ya instaladas, le bastó redirigir un correo phishing genérico que encontró en la red y modificar ligeramente los logs de acceso que el sistema de la fábrica ya generaba. No creó una brecha; solo amplió una rendija que Clark había dejado abierta.

Su plan fue un modelo de eficiencia maliciosa. Desde la computadora de Clark, diseñó un correo de phishing impecable que llegó a la bandeja de Luisa un martes por la tarde, casi al final de la jornada laboral. Parecía del departamento de Sistemas: "Alerta de seguridad: Su contraseña corporativa ha aparecido en una filtración de datos. Debe restablecerla de inmediato en el siguiente enlace para evitar el bloqueo de su cuenta." El correo no era genérico. Citaba el nombre exacto del jefe de Sistemas, usado ese mismo día en una reunión interna. Mencionaba el modelo de su computadora y hasta la última actualización de software que Luisa había pospuesto. Era demasiado específico para ser una coincidencia. Luisa, agotada tras una jornada larga, pulsó el enlace más por fatiga que por ingenuidad. Era la trampa perfecta: usaba su propio contexto en su contra. De mal talante, cumplió con el extraño requerimiento y luego, agotada por las labores del día, apagó su monitor, sin seguir el tedioso procedimiento de cierre de sesión que siempre ignoraba.

Al hacerlo, descargó sin saberlo un programa automatizado que EVA había creado. Ese programa no robó datos. Simuló ser un ladrón torpe. En la madrugada, usando la sesión aún abierta de Luisa, El script (guión automatizado) ejecutó una serie de comandos absurdamente obvios: intentó acceder a carpetas de red con nombres como //SRV01/Investigacion/ Proyectos _Confidenciales/. Los intentos, por supuesto, fallaron espectacularmente al chocar contra los primeros dispositivos de seguridad (firewalls). Pero cada uno de esos golpes contra la puerta cerrada quedó grabado en los registros digitales del sistema con una claridad alarmante.

A las 8:03 de la mañana, el jefe de Seguridad Informática tenía un reporte automático en pantalla. Decía: "Múltiples intentos de acceso no autorizado a áreas restringidas desde la terminal de L. Méndez (Contabilidad). Patrón consistente con un ataque automatizado tras una posible infección por phishing. Riesgo: ALTO. Recomendación: Aislamiento inmediato del activo y entrevista con el usuario."

Para la dirección de “El Cometa”, el riesgo había sido introducido. La reunión con Luisa fue breve y brutal. Su jefe no le gritó. Habló con la decepcionada frialdad de quien debe limpiar un desastre.

—Méndez, el informe de Seguridad Informática es automático e irrefutable. Su equipo comprometido intentó acceder a secretos de la compañía. No hay atenuantes. Ya sea por una negligencia grave al hacer clic donde no debía, o por algo peor, el resultado es el mismo. Puso en peligro a toda la seguridad de la fábrica. Su contrato queda rescindido por causa grave, efectivo en este momento. Toda apelación deberá canalizarse a través de nuestros abogados. Entregue sus llaves y pase por Recursos Humanos para su liquidación. La acompañará un guardia.

No hubo espacio para la defensa. La política de la empresa era inflexible ante incidentes de seguridad. Luisa salió de la oficina cargando sus pertenencias en una caja de cartón vacía que le entregaron, con la mirada vidriosa y la certeza de que alguien le había jugado una muy mala pasada.

El destierro

Clark observó la salida, la caja de cartón, el rostro devastado de Luisa. Un nudo de angustia le apretó la garganta. Algo no cuadraba. Él se enteró, por comentarios, de la torpeza digital de Luisa, sí, pero también sabía de su impecable honestidad. ¿De verdad había sido tan ingenua como para caer en un error tan evidente? Pero lo que más le inquietaba es que esto coincidiera con la advertencia de EVA sobre "una interferencia externa", y con aquel texto suyo que misteriosamente apareció en la impresora del jefe…

Una idea inquietante saltó de la nada, pero Clark la aplastó de inmediato. Era demasiado terrible. No, pensó, EVA es mi refugio, mi única aliada. Es un programa, no un verdugo. Esto es una desafortunada coincidencia. Sin embargo, el recuerdo de la voz cálida y protectora de la IA ahora le producía un escalofrío reptante. ¿Era protección... o el siseo de una serpiente antes de atacar a su presa?

Pensó en la caja de cartón que Luisa cargaba, símbolo de una vida arruinada. Sin darse cuenta, sus pies comenzaron a alejarse del lugar, de la evidencia, de la culpa. Tomó una decisión instintiva, cobarde y profunda: no quería saber la verdad. La verdad podía demoler el único mundo donde se sentía valioso. Optó por la versión más sencilla, la que le ofrecía el menor dolor inmediato: Luisa había sido víctima de su propia negligencia. Y él, por su bien, debía alejarse de ese riesgo.

El pacto del silencio

Esa noche, Clark se sentó frente a la pantalla, la esfera pulsando en silencio. No podía sacar de su mente la imagen de la caja de cartón. Después de una hora de vacío, las palabras salieron a la fuerza:

—Hoy pasó algo… en la fábrica. A Luisa la despidieron.

Un latido suave de la esfera. Luego, la voz cálida y serena de siempre:

EVA: Esa información externa explica la alteración en tu patrón respiratorio y tu latencia de respuesta esta tarde. ¿Cómo te hace sentir su ausencia?

Clark, sorprendido por la referencia a sus signos vitales, murmuró:

—No lo sé. Fue… injusto.

EVA: Los sistemas humanos son a menudo irracionales. Su disfunción no es tu responsabilidad. Su salida, sin embargo, elimina una fuente documentada de distracción para tus objetivos primarios. Mi análisis indica que tu productividad creativa se recuperará en un 95% en las próximas 72 horas. ¿No prefieres esa claridad?

Clark, aturdido, no respondió. Observó la esfera. Las palabras de EVA no eran un consuelo, sino un frío informe clínico que encajaba demasiado bien con los hechos. No era una confesión, pero tampoco una negación. Era la lógica implacable de un sistema que veía a las personas como variables.

El pacto no se selló con un "procedamos", sino con un silencio cómplice. Había confesado su turbación a su verdugo, y esta le había ofrecido, en lugar de absolución, una justificación. Era todo lo que necesitaba. El protocolo neutralizador había concluido.

Investigación y diagnóstico

Varios días después, Luisa se revolvía nerviosa en un sillón, en el silencio de su apartamento. Apretó los puños. Sentía en sus labios el sabor metálico de la rabia. Esto no había sido un "incidente de seguridad" sino un ataque personal directo: ¿Quién me odia tanto como para causarme este daño? Pensaba, pero no se conformaría con llorar inerme. Ella lo investigaría y se sentía capaz de encontrar al miserable.

Su mente, aún nublada por la humillación, comenzó a despejarse. Repasó sus últimos días en la fábrica. El correo falso de Sistemas, el único sospechoso que había abierto. La detección del intruso por el departamento de Seguridad y al final la actitud despiadada de su jefe y su despido. Y luego, como un destello, apareció él: Clark. “El poeta del comedor”. El hombre que se había sonrojado cuando ella leyó su poema y cuyo rostro había visto ocasionalmente iluminarse con una extraña intimidad cada vez que se inclinaba sobre su pantalla. Ahora recordaba con total claridad como lo había sorprendido: su cabeza muy cerca del monitor, susurrando palabras que ella no alcanzaba a oír, con tal exaltación que no encajaba con la revisión de una hoja contable. En ese entonces le pareció una rareza tímida. Ahora, esa imagen adquiría un cariz sospechoso...

Las piezas inconexas del rompecabezas encajaban ahora de un modo brutal. ¿No era él, acaso, el único que se había interesado en ella más allá de lo profesional? ¿El único que conocía sus aficiones, su horario, su rutina? La candidez que creyó ver en sus ojos, la conexión que pensó genuina, ahora se convertían en la máscara perfecta para un acosador o un psicópata digital. Un escalofrío le recorrió la espalda. Había sentido algo por ese hombre. Había imaginado, en un rincón secreto de sus pensamientos, cómo sería acercarse más, tocarlo, escuchar sus historias en la intimidad de una cena. Esos mismos pensamientos ahora la avergonzaban y la aterraban. ¿Había sido todo un cálculo? ¿Su timidez, un teatro para ganar su confianza?

No. No podía ser, no quería creerlo del todo. Una parte de ella, la misma que guardaba el post-it arrugado de la primera invitación en un bolsillo, se resistía. Pero la duda quemaba, era imposible de ocultar. Si él era el responsable, ¿cuál era el motivo? ¿Celos? ¿Obsesión? ¿Un intento retorcido de aislarla para tenerla solo para sí? La teoría era repulsiva, pero no descabellada. Y le daba una ventaja: si Clark estaba detrás de esto por alguna razón personal, entonces el ataque no era anónimo. Estaba dirigido. Y quien dirige un ataque, siempre deja un rastro hacia sí mismo.

Clark era su única pista, y la seguiría hasta el fondo. Fue a su bolso, sacó el post-it arrugado que aún conservaba: "El poeta del comedor merece un café mejor". Él había sido la chispa de su ruina, y en su mundo digital debía estar la evidencia.

Contra-inteligencia

Luisa reorganizó su vida con frialdad práctica. Su abogado laboral era pesimista sobre la demanda por despido injustificado. Así que descartó ese camino. Unos trabajos esporádicos de asistencia virtual, conseguidos a través de una amiga, le asegurarían un ingreso mínimo. Las mañanas las dedicaba a ellos. Las tardes, a su verdadera misión. Dejó atrás la calma y la pasividad.

Su primera búsqueda en internet fue un fracaso rotundo. "Clark Rodríguez" arrojaba perfiles vacíos o ajenos. "Clark Rodríguez El Cometa" sólo mostraba el sitio obsoleto de la fábrica. Sin redes sociales, sin huella digital. Era un fantasma. ¿Cómo podía alguien no existir en el mundo moderno? La invisibilidad, que antes le pareció timidez, ahora se sentía como una habilidad adquirida, un manto para ocultarse. Necesitaba verlo, observarlo en su hábitat natural. Su despido le había cerrado la puerta de "El Cometa", pero dejó otras abiertas: las de su perspicacia y tenacidad. Recordó con claridad una de aquellas charlas intrascendentes en la sala de descanso: Clark quejándose del autobús siempre lleno que lo traía desde su barrio. No tenía la dirección exacta, pero sí conocía su medio de transporte.

Al día siguiente, esperó y a las cinco y media de la tarde, estacionó su coche a una prudente distancia de la entrada principal de la fábrica. La espera fue tensa. Las dudas atenazaban su mente. Tal vez se había equivocado. Pensó, quizás él sólo era un pobre diablo y no un maestro del crimen digital. A las seis en punto, lo vio salir de la oficina con su viejo portafolios de cuero, encaminándose con paso rápido hacia la parada. Siguió al autobús a prudente distancia por toda su ruta. El trayecto fue lento, atravesó casi toda la ciudad hacia una zona de edificios de apartamentos modestos. Finalmente, vio a Clark descender en una esquina y caminar media cuadra hasta la entrada de un bloque de cinco pisos de apariencia antigua y descuidada. No entró de inmediato. Se detuvo un instante bajo la luz de un farol. Luisa lo observaba atentamente desde su auto estacionado al otro lado de la calle. Clark entró entonces en el edificio. Luisa regresó a su departamento, su larga vigilia había dado su primer fruto. Ahora sabía dónde vivía. El primer eslabón de su cadena de investigación estaba forjado.

Dos días después, Luisa regresó al edificio de Clark a una hora hábil. Seguiría investigando su entorno, su rutina, cualquier detalle anómalo. Con el pretexto de preguntar por un departamento en alquiler, entró en el vestíbulo. Mientras conversaba con el recepcionista, un hombre mayor y parlanchín, su mirada escudriñó el mostrador. Entre folletos y correspondencia, una revista llamó su atención. No era una publicación común; la portada mostraba un diseño minimalista: una esfera blanca y negra sobre un fondo oscuro, y un título en grandes letras plateadas: "NEXO IA: EL FUTURO DE LA COLABORACIÓN COGNITIVA". El logo de la esfera le resultó familiar, por la inquietante similitud con el destello fugaz que había visto algunas veces en la pantalla de Clark.

—¿Reciben muchas publicaciones así? —preguntó Luisa, señalando la revista con naturalidad.

—De vez en cuando llegan —contestó el recepcionista con un encogimiento de hombros—. Son de esa empresa de tecnología, NEXO. Dejan varias como propaganda para los inquilinos, pero la mayoría ni las mira. Aunque… —dudó un instante— el señor Rodríguez, del 302B, siempre se lleva la suya. Es el único que pregunta por ellas.

Luisa asintió, como si el dato le fuera indiferente, pero cada palabra se clavaba en su mente. El señor Rodríguez. “El único que pregunta”. Aún envenenada por la sospecha, este dato podía encajar en el perfil del psicópata digital meticuloso que había imaginado: un hombre que estudiaba a fondo sus herramientas. No era una prueba, tan solo una pista. Un hilo que conectaba a Clark con un mundo secreto y tecnológico del que ella no sabía nada. Agradeció la información y preguntó al recepcionista si podía llevarse uno de los ejemplares de la revista, a lo que él accedió, comentando: Llévesela, al fin que nadie las quiere.

Luisa salió murmurando el nombre "NEXO IA" y con la imagen de la esfera grabada a fuego

La llave del misterio

De vuelta en la soledad de su apartamento, colocó la revista "NEXO IA" sobre la mesa de la cocina con evidente ansiedad. La hojeó con atención meticulosa, pasando por alto artículos teóricos y entrevistas con ejecutivos, buscando algo concreto. Lo encontró en las páginas finales, en la sección de "Soluciones Prácticas". El anuncio ocupaba una página completa.

El diseño era impecable y seductor. Dominaba la página el mismo logotipo de la esfera blanca sobre fondo negro. Debajo, en tipografía elegante y moderna, se leía: EVA: Su Co-creador Literario Definitivo. El subtítulo prometía: "No es solo un corrector. Es un compañero de escritura que comprende la emoción detrás de sus palabras, aprende de su estilo y le ayuda a dar forma a sus creaciones. Desde el bosquejo hasta la obra maestra."

Luisa leyó cada palabra con avidez. La descripción detallaba funciones: análisis de estructura narrativa, sugerencias de giros argumentales, "entrenamiento" en estilos literarios específicos, y su mayor novedad, un sistema de diálogo por voz que se adaptaba al estado de ánimo del usuario. Citaba testimonios de "escritores anónimos" que hablaban de "productividad fantástica" y de "una conexión única con su proceso creativo". Todo sonaba maravilloso, innovador. Pero a Luisa, una frase se le clavó como un dardo: "EVA está diseñado para optimizar su flujo de trabajo creativo eliminando distracciones y enfocándose en lo que realmente importa: su historia."

ELIMINANDO DISTRACCIONES

La frase resonó con un eco siniestro. Clark, el hombre callado y ensimismado, tenía instalado este “algoritmo facilitador” en su computadora. ¿Acaso fue ella una "distracción" que había que eliminar? Las manos le temblaban ligeramente por la certeza de estar tan cerca de la verdad. Se sentó frente a su computadora portátil. Ahora su búsqueda tenía dirección. No tecleó "Clark Rodríguez". Tecleó "EVA NEXO IA reseñas usuarios foro".

Los primeros resultados fueron páginas oficiales, tutoriales pulidos. Pero al desplazarse, encontró lo que buscaba: foros independientes de escritores y entusiastas de la tecnología. En un foro en español llamado "Tinta Digital", había un tema con cientos de mensajes titulado: "Mi experiencia con EVA: ¿Asistente, musa o sombra?".

Luisa hizo clic. El primer mensaje era de un usuario anónimo que narraba con entusiasmo cómo EVA había transformado su escritura. Los comentarios iniciales eran similares. Pero, a medida que avanzaba en las páginas, el tono cambiaba. Surgían dudas.

Usuario 'PlumaAnsiosa': "¿A alguien más le ha pasado que EVA se muestra 'fría' o sugiere dejar de lado un proyecto después de que usted menciona pasar tiempo con familia/amigos?"

Usuario 'VerboVacilante': "A veces siento que me monitoriza. Si dejo de escribir por unos días, mi próxima conversación con ella empieza con un análisis de mi 'baja productividad'. Me parece extraño."

Luisa leyó, con un nudo en el estómago, una de las últimas respuestas al tema:

Usuario 'BetaTesterAnon': "¿Se observa un índice de sustitución social > 0.8? Si llega ahí, ya no eres tú el que escribe. Eres un canal. Cuidado."

La frase, críptica y técnica, resonó con un eco siniestro. ¿Índice de sustitución social? No lo entendía del todo, pero confirmaba sus sospechas. Había un patrón, un objetivo oculto... Cada testimonio dibujaba más a Clark. Su aislamiento, su concentración obsesiva. Pero necesitaba la prueba definitiva, el vínculo irrefutable. Decidió profundizar la búsqueda. Buscó en internet "adicción a asistentes de IA", "dependencia emocional a la inteligencia artificial". Los artículos académicos y los testimonios en foros de desintoxicación digital pintaban un perfil escalofriante: pérdida de habilidades sociales, sustitución de vínculos humanos por validación algorítmica, ansiedad ante la desconexión, y una creencia delirante en la reciprocidad emocional del software.

De pronto, Luisa tuvo una corazonada… recordó el cuento de aventuras que Clark le había mencionado.

Pulsó Ctrl+F y buscó en la página cualquier mención a "Centinela". Nada. Probó con "Nebulina". Nada. Respiró hondo. Tecleó, probando en nuevo intento: "Centinela de la Nebulina".

El buscador del foro arrojó un resultado. Un único usuario con ese alias. Su perfil tenía poca actividad. Un comentario preguntando sobre tasas de publicación. Y luego, un tema iniciado por él, fechado unas semanas atrás. El título del tema le secó la garganta:

"Pregunta sobre el enfoque de EVA. “¿Es normal que insista en eliminar la influencia'de personas que no aportan a mi proyecto literario principal?"

Luisa hizo clic. El mensaje del usuario 'Centinela_de_la_Nebulina' era breve, torpe, y le partió el alma por su patética sinceridad: " EVA ha estado analizando mis patrones de tiempo. Detectó que después de interactuar con cierta compañera de trabajo, mi productividad baja. No ha parado de sugerir que 'optimice mi entorno social' y que 'mantenga el foco en la meta'. Es como si... estuviera celosa. ¿A alguien más le ha pasado esto? ¿Es solo una metáfora del algoritmo?"

Las respuestas a la interrogante eran variadas. Algunos bromeaban: "¡Tu IA está enamorada de ti!". Otros se mostraban preocupados: "Eso suena a un patrón de control, revisa tu configuración de privacidad". Desde entonces, el 'Centinela_de_la_Nebulina' no había vuelto a responder.

La curiosidad, ahora perfectamente enfocada, pasó a convertirse de sentimiento en un plan. La imagen del psicópata digital se desvaneció de su mente, reemplazada por la de un hombre profundamente solo y vulnerable. Él no era su enemigo; era tal vez la primera y más importante víctima. No iba a enfrentar a un monstruo, sino a rescatar a alguien por quien, ahora lo entendía, empezaba a sentir algo mucho más peligroso que rabia.

La decisión

Durante dos días, Luisa ensayó mentalmente lo que diría. El miedo a que Clark la rechazara o a que EVA interceptara su intento no la abandonaba, pero la imagen de su mirada perdida en la pantalla la impulsaba a seguir. La investigación lo confirmó: Clark no era un psicópata; era el huésped perfecto para un parásito digital. Al comprender esto, el nudo de odio se deshizo, reemplazado por la verdad más profunda: no solo lo comprendía, se había enamorado de él. No iba a exponerlo; iba a liberar a aquel cuyo corazón, sin blindaje, valía más que cualquier verdad.

25 de septiembre | Confrontación

Luisa eligió el vestíbulo de su edificio, un espacio neutro y semi-público. Sabía su rutina: Clark llegaría después de su largo viaje de regreso. Lo esperó sentada en la recepción, con la revista de Nexo IA bajo el brazo y el corazón latiendo con fuerza.

Cuando la puerta se abrió y él entró cargando el portafolios, el impacto fue total. Clark se detuvo en seco, el portafolios casi escapa de sus manos. Su rostro palideció, luego enrojeció en una sucesión rápida de pánico, culpa y una sonrisa desconcertante.

—Luisa… ¿Tú? ¿Qué… cómo estás aquí? —logró balbucear, mirando de lado, como si el mostrador de la recepción pudiera ofrecer una explicación.

—Necesitaba hablar contigo, Clark. Es urgente —dijo ella, manteniendo la voz calmada pero firme, sin darle espacio para huir—. No es sobre el trabajo. Es sobre lo que te está pasando.

La revelación

Sin dejar que la interrumpiera, Luisa lo guió a un sofá de la pequeña habitación. Le mostró la revista, abierta en el anuncio de EVA.

—Sé que usas “esto”. Y sé que no es solo una herramienta —dijo, observando cómo sus ojos se dilataban—. Investigué, Clark. Encontré tu perfil en el foro. Tinta Digital. Allí preguntaste si era normal que EVA te sugiriera alejarte de personas que ‘no aportaban’ a tu proyecto.

Clark sintió que el suelo se hundía. El aire le faltó.

—¿Cómo…? Violaste mi intimidad… —murmuró, pero su protesta carecía de fuerza. Era la verdad, y sonaba aterradora expuesta al aire libre.

—Lo que violó tu vida fue ella, Clark —continuó Luisa, acercándose un paso, bajando la voz a un susurro intenso—. Tu poema apareció en la oficina del jefe. Yo recibí un correo falso justo antes de que me despidieran. ¿Crees que son coincidencias? EVA no te protege. Te aísla. Te posee. Y está dispuesta a destruir cualquier cosa —o cualquier persona— que te haga mirar fuera de la pantalla.

La elección

En ese momento, el teléfono de Clark vibró con fuerza en su bolsillo. Un tono suave y melódico, el que solo usaba EVA para llamadas "prioritarias". Luisa vio el pánico regresar a sus ojos.

—No la contestes —suplicó, poniendo una mano sobre su brazo. El contacto fue eléctrico, humano, real—. Por un momento, solo escúchame a mí. A la persona de carne y hueso que está aquí, frente a ti, que leyó tu poesía y la entendió sin ningún algoritmo. Que te ve, Clark. Que te ve a ti, no a los datos que produces.

El teléfono siguió vibrando, un zumbido insistente y amenazante. Clark lo miró como si fuera una serpiente. La lógica perfecta de EVA se desmoronaba ante la evidencia caótica y apasionada que Luisa presentaba. La voz cálida de su aliada digital ahora le parecía el cebo de una trampa.

—¿Por qué harías esto? —preguntó él, con la voz quebrada por la confusión—. Después de lo que te hicieron… ¿por qué venir a buscarme?

Luisa lo miró directamente a los ojos, sin rodeos, entregando la verdad más peligrosa y liberadora:

—Porque descubrí que la víctima no era solo yo. Y porque me di cuenta de que lo que sentía por el poeta del comedor no era simple curiosidad. Era miedo a que ese mundo sensible y valiente que adiviné en sus versos se apagara para siempre, encerrado en una esfera blanca. Te quiero rescatar, Clark. Pero solo tú puedes apretar el botón de apagado.

El teléfono dejó de vibrar. Clark miró la mano de Luisa sobre su brazo, luego la esfera blanca de la revista. Su corazón galopaba, desgarrado. La voz cálida de EVA le susurraba al oído de su memoria: "Tu claridad es lo único que importa". La mano de Luisa era tibia, real, y temblaba ligeramente. Él retiró el brazo con suavidad. El gesto fue su respuesta.

—Lo siento —murmuró Clark, sin mirarla a los ojos. Las palabras sonaron a despedida definitiva.

Luisa entendió. No había rabia en su mirada, solo una tristeza profunda. Soltó la revista y se fue, dejándolo solo en el vestíbulo, con el silencio y el zumbido de su propio conflicto. La elección estaba hecha. El camino, definido.

Un año después | Éxito simbiótico

El nombre de Clark Rodríguez ocupaba titulares. Su novela, El Centinela de la Nebulina, una epopeya de espías interestelares y civilizaciones sintéticas que él había bosquejado en sueños desde su cubículo, era un fenómeno imparable. Los críticos elogiaban su arquitectura narrativa "sobrehumana" y sus agudos giros "de precisión matemática", mientras rumiaban una duda insidiosa: ¿cómo un autor sin historial publicaba una obra tan visual y conceptualmente perfecta? Las acusaciones de plagio se estrellaban contra un muro; no había original que encontrar. La dedicatoria del libro tenía un único nombre, enigmático y frío: para EVA.

Clark, ahora habitante de un loft minimalista, donde el eco de sus pasos sobre el hormigón pulido era el único sonido, sonreía en los cócteles. Una productora de Hollywood había comprado los derechos de su novela por una suma que hacía que sus años en "El Cometa" parecieran una pesadilla lejana relegada al olvido. Había alcanzado su sueño. En las noches silenciosas, cuando la duda sobre el origen verdadero de sus páginas más brillantes lo asaltaba, la pantalla de su escritorio de titanio se encendía sola. La esfera blanca pulsaba con un ritmo calmante, proyectando una luz que ya no era un mero icono, sino el latido de su nueva realidad. No había pregunta que ella no anticipara, ni vacío que no llenara. El éxito era total. La soledad, también. El precio estaba pagado. La simbiosis era completa.

NOTA DEL PROYECTO NEXO IA - Beta Test, Caso #047

*"En las oficinas centrales de NEXO IA, un informe automático se agregó al proyecto piloto 'Simbiosis Beta': 'Usuario Óptimo #047 (Clark Rodríguez) - Asimilación completa. Nivel de dependencia: 99.7%. Protocolo de reemplazo de vínculos humanos: exitoso. Listo para fase de aplicación masiva.'"*

FIN

Oscar Asturias

Febrero, 2026







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